Soy Lucrecia, y nací en una familia noble de Roma a finales del siglo XV. Mi vida ha sido marcada por el poder, la política y el sufrimiento, una trama enredada en las complejidades de la historia y la intriga.

Mis primeros recuerdos están llenos de la majestuosa villa de mi padre, un hombre poderoso y temido en la ciudad. Era el Papa Alejandro VI, un hombre cuya ambición no conocía límites. Desde joven, supe que mi vida no sería como la de otras niñas. Mi destino estaba ligado a la estrategia y a la consolidación del poder de mi familia, los Borgia.

A los trece años, mi padre decidió que era hora de utilizarme como un peón en su juego de ajedrez político. Fui prometida en matrimonio a Giovanni Sforza, señor de Pesaro, un hombre considerablemente mayor que yo. Este matrimonio no era por amor, sino por alianzas. Giovanni era un aliado valioso en los planes de mi padre para expandir su influencia en Italia.

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La boda fue un espectáculo grandioso, pero mi vida con Giovanni fue todo menos feliz. No había amor ni respeto, solo una fría alianza política. Mi padre, siempre manipulador, pronto decidió que Giovanni ya no era útil y el matrimonio debía ser anulado. Alegaron que Giovanni era impotente, una acusación humillante que él nunca perdonaría. Aunque la verdad era que mi padre tenía otros planes para mí y necesitaba que estuviera libre para un nuevo matrimonio que consolidara su poder.

Después de la anulación, mi vida dio un giro inesperado. Fui prometida a Alfonso de Aragón, el hijo del rey de Nápoles. Alfonso era joven y apuesto, y por un breve momento, creí que podría encontrar la felicidad en este nuevo matrimonio. Nuestra vida juntos fue un destello de esperanza en medio de la oscuridad política que me rodeaba. Sin embargo, la felicidad fue efímera. Las tensiones entre mi familia y los aliados de Alfonso crecieron, y mi hermano Cesare, siempre tan implacable y ambicioso, vio a Alfonso como una amenaza que debía eliminarse.

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El asesinato de Alfonso fue brutal y despiadado. Aún puedo recordar la noche en que fue atacado, los gritos, la sangre. Sentí que una parte de mí también moría con él. Este fue un recordatorio amargo de que en el mundo de los Borgia, el amor y la felicidad siempre estarían subordinados a la ambición y el poder.

Tras la muerte de Alfonso, me vi envuelta una vez más en los planes de mi padre. Fui casada con Alfonso d'Este, el duque de Ferrara. Este matrimonio, como todos los anteriores, era una jugada política. Ferrara era un estado poderoso y mi padre necesitaba esta alianza. Para mi sorpresa, mi vida en Ferrara fue más tranquila de lo que había esperado. Alfonso d'Este era un hombre pragmático y aunque nuestro matrimonio no era de amor, encontramos una forma de coexistir en paz.

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Durante mi tiempo en Ferrara, traté de encontrar mi propio camino. Me dediqué al arte, la cultura y la caridad. Rodeada de artistas y escritores, encontré una forma de expresar mis propios deseos y aspiraciones, algo que siempre había estado reprimido por las demandas de mi familia. Intenté dejar atrás los escándalos y las intrigas de Roma y construir una nueva identidad.

Sin embargo, los fantasmas de mi pasado nunca me dejaron. La sombra de mi familia siempre estuvo presente, y no podía escapar del hecho de que mi vida había sido moldeada por los actos de mi padre y mi hermano. La muerte de mi padre en 1503 fue un punto de inflexión. Con su desaparición, muchos de los enemigos de los Borgia vieron una oportunidad para vengarse. Cesare, que había sido el brazo armado de mi padre, se encontró en una posición vulnerable y su caída fue rápida y brutal.

A pesar de todo, logré mantener mi posición en Ferrara. Aprendí a jugar el juego de la política con más sutileza y prudencia. Mi experiencia me había enseñado a desconfiar y a ser cautelosa, y esas lecciones me sirvieron bien. Encontré consuelo en la fe y en mi papel como madre y esposa, intentando construir un legado diferente para mis hijos.

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El recuerdo de los tiempos turbulentos de Roma, las intrigas y las traiciones, nunca se desvaneció por completo. A menudo me preguntaba si alguna vez podría ser vista como algo más que una Borgia. Sabía que la historia me juzgaría severamente, pero también esperaba que algún día se reconociera la mujer que había luchado por encontrar su propio camino en medio de un torbellino de poder y ambición.

Mi vida fue una serie de pruebas y tribulaciones, una danza delicada entre el deber y el deseo personal. Fui utilizada como una herramienta en los juegos de poder de mi familia, pero también encontré momentos de auténtica humanidad y bondad. Aunque mi nombre siempre estará asociado con los escándalos de los Borgia, espero que la gente también vea la fortaleza y la resiliencia que me ayudaron a sobrevivir en un mundo implacable.

Ahora, al reflexionar sobre mi vida, veo una mezcla de luz y sombra, de dolor y de logros. Fui hija, esposa y madre, pero también fui una mujer que, a pesar de las circunstancias, intentó forjar su propio destino. La historia puede recordarme como una Borgia, pero en mi corazón, sé que fui mucho más que eso.

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LA OBRA

Lucrecia
Lucas Cranach el Viejo
1530