Había una vez un gigante, un titán, que tomó una decisión que cambiaría para siempre el destino de la humanidad. Se atrevió a robar un poquito del fuego sagrado de los dioses olímpicos. Los dioses, por su condición divina, poseían todo en abundancia, pero Prometeo tomó ese fuego—ese conocimiento, esa chispa—y lo obsequió a los humanos, quienes, en su estado inicial, carecían hasta de lo más básico para sobrevivir.

Sin embargo, esta muestra de profunda empatía y solidaridad hacia los menos afortunados no fue premiada, sino brutalmente castigada. Zeus y los demás dioses del Olimpo, celosos de su poder, condenaron a Prometeo a sufrir una terrible y eterna tortura por su audacia.

Prometeo, el protagonista de esta historia, lleva un nombre con un significado que lo define: en griego, significa "el que ve por anticipado", es decir, el Previsor. Él era un visionario.

Era hermano de otros titanes famosos, como Atlas, Epimeteo y Menecio. Prometeo poseía el don de la profecía, una cualidad que, combinada con su falta de temor hacia los dioses, lo llevó a poner en ridículo a Zeus en varias ocasiones. Una osadía que, como ya vimos, pagaría muy caro.

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Un Reparto Disparejo y el Origen de la Humanidad

Su hermano, Epimeteo, era su opuesto en todos los sentidos, pues su nombre significa "el que ve después", alguien incapaz de prever las consecuencias de sus actos. Esta diferencia de caracteres es fundamental en el mito.

Según narra Platón, en un tiempo muy remoto, existían solo los dioses. Las especies mortales —animales y hombres— aún no habían surgido. Cuando llegó el momento de la creación, los dioses modelaron estas especies en las entrañas de la tierra, mezclando elementos como tierra, fuego y otras materias esenciales.

Una vez que las criaturas estuvieron listas para ver la luz, los dioses enviaron a Prometeo y Epimeteo con la tarea de asignarles sus facultades, defensas y armas, distribuyéndolas de forma conveniente y justa entre todas.

Epimeteo, ansioso por participar, le pidió a su hermano: "Una vez que yo haya hecho la distribución, tú la supervisas". Con el permiso de Prometeo, Epimeteo comenzó la entrega de atributos.

A unos les proporcionó gran fuerza, pero sin rapidez. A otros, más débiles, les otorgó velocidad. A algunas especies las dotó de garras y colmillos, en tanto que para aquellas inermes, ideaba otras formas de defensa para que pudieran estar a salvo de sus depredadores. De este modo, y con la precaución de que ninguna especie fuese aniquilada, Epimeteo iba distribuyendo las facultades de forma equitativa.

Pero Epimeteo, al no ser del todo sabio o previsor, cometió un grave error: gastó, sin darse cuenta, absolutamente todas las facultades disponibles en los animales.

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El Hombre Desnudo y la Chispa del Conocimiento

Quedaba aún la especie humana, lista para surgir de la tierra a la luz, tal y como la habían enviado los dioses. Epimeteo se encontró en un dilema terrible, sin saber qué hacer.

En ese preciso momento llega Prometeo para supervisar la distribución. Lo que vio fue a todos los animales perfectamente equipados y armonizados, y al hombre, por el contrario, desnudo, sin calzado, sin abrigo y totalmente indefenso.

El día señalado para que el hombre emergiera de la tierra era inminente, y la carencia de facultades era total. Prometeo, actuando con la previsión que le era propia, decidió actuar de inmediato y de manera radical.

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Decidió robar a Atenea y Hefesto la sabiduría de las artes junto con el fuego, pues sin el fuego era imposible que esa sabiduría fuese adquirida por nadie o que resultase útil. Robó un "paquete" completo de recursos esenciales para la vida humana.

Así, burlando todas las prohibiciones y la guardia, Prometeo entró furtivamente al taller común de Atenea y Hefesto, robando el fuego de Hefesto y las artes de Atenea, y se los entregó como regalo al hombre.

El hombre, de esta manera, adquirió los recursos necesarios para la vida y la sabiduría para conservarla. Sin embargo, no recibió la sabiduría política, pues esta se encontraba bajo el poder de Zeus, en la Acrópolis, cuya entrada estaba custodiada por dos terribles guardianes que Prometeo no pudo evadir.

A pesar de las ganancias de la humanidad, el titán obtuvo un brutal castigo por su robo.

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Prometeo en el Arte: De Villano a Héroe Romántico

El mito de Prometeo, el rebelde que desafía a los señores naturales, ha tenido altibajos en el mundo del arte y la filosofía a lo largo de los siglos.

Durante el Renacimiento y el Barroco, el tema de los titanes que se rebelan contra los dioses y sufren un terrible castigo tuvo un gran auge. Este tema fue utilizado con maestría por los monarcas absolutos de la época. Para ellos, el castigo cruel era el destino seguro de aquellos que se atrevieran a sublevarse contra su autoridad divina o real.

En este contexto, Prometeo y los demás gigantes enfrentados a sus señores naturales se convirtieron en villanos, en un ejemplo de lo que no se debía hacer.

Monarcas como Carlos I, Felipe II y Felipe IV se identificaron perfectamente con esta doctrina de castigo y encargaron a grandes maestros como Tiziano, Rubens y otros, obras al respecto. Varias de ellas, ya las hemos publicado en La Vida es Arte, como el impactante "Prometeo Encadenado" de Rubens, una visión oscura y escabrosa con el sello particular del artista flamenco.

Sin embargo, con la llegada de la Ilustración en el siglo XVIII y el Romanticismo en el siglo XIX, la figura de Prometeo tuvo una gran recuperación. El titán recuperó su lugar del héroe sacrificado. Era un modelo y un ideal de vida, un símbolo del sacrificio personal en favor de la humanidad, muy inspirador para los movimientos revolucionarios de esa época.

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El Fuego como Símbolo de Conciencia

En la actualidad, aunque la mitología ha dejado de ser un referente ético central en la sociedad, el mito de Prometeo no se ha olvidado y sigue siendo objeto de representaciones artísticas y de profundas reflexiones.

Hoy, observamos a Prometeo y a la mitología con ojos más críticos, pero seguimos encontrando en ellos elementos inherentes al ser humano, rasgos comunes a todas las épocas y civilizaciones. Reflexionar sobre ellos es reflexionar sobre la naturaleza íntima del ser humano, nuestro afán de conocimiento y nuestra capacidad de rebelión.

Pero el fuego divino que Prometeo robó es mucho más que una simple herramienta: es un símbolo de la inteligencia, la conciencia y el entendimiento. Prometeo, al dotar a los hombres de razón, hizo de ellos dioses latentes en lugar de animales.

Los dioses, como es lógico, se oponían a que los hombres llegaran a ser “como uno de ellos” y conociesen “el bien y el mal”, una idea que resuena incluso en pasajes como el Génesis bíblico. Por esta razón, es habitual en las historias de muchas religiones que los dioses "castiguen" al hombre por su afán de conocimiento.

El mito del titán tiene su origen en la India, y en la antigüedad era el más grande y misterioso por su significado. Algunos estudiosos ven en la alegoría del fuego de Prometeo otra versión de la rebelión de Lucifer, el "portador de luz", que fue precipitado al "abismo sin fondo" (la Tierra) para vivir como hombre. En este sentido, Prometeo se convierte en un símbolo y una personificación de toda la humanidad en su lucha por la luz y la evolución espiritual.

Prometeo roba el Fuego divino para permitir que los hombres procedan de un modo consciente en la senda de la evolución espiritual, transformando así al más perfecto de los animales de la tierra en un dios potencial y haciéndolo libre de incluso “tomar por la violencia el reino de los cielos”. De ahí la maldición que Zeus (Júpiter) lanzó contra el rebelde titán.

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El Castigo Eterno y la Escultura del Louvre

El castigo impuesto por Zeus fue terriblemente cruel: Prometeo fue encadenado a una roca en el Cáucaso, y cada día un buitre (o en otras versiones, un águila) le devoraba las entrañas. Estas, por designio divino, volvían a crecer para ser devoradas nuevamente al día siguiente.

Esta tortura es una alegoría poderosa, vista como la representación de los apetitos y deseos de bienes materiales o terrenos que consumen al hombre, o los deseos exacerbados que lo encadenan a la tierra.

El despiadado castigo continuó día tras día, siglo tras siglo, hasta que Hércules, al fin, lo liberó para siempre de su dolor y de su suplicio eterno.

En el arte hay decenas de obras, de todas las épocas, que representan el tema de Prometeo y su castigo. Una de las más destacadas es la que se conserva en el Museo del Louvre:

El "Prometeo encadenado" es una escultura en mármol del año 1762, tallada por el artista francés Nicolas Sébastien Adam.

La obra destaca por el dramatismo que emana del rostro y del cuerpo, con los músculos en intensa tensión, reflejando el dolor de la tortura. Se percibe un gran dinamismo en la pieza, que proviene de las numerosas líneas oblicuas del cuerpo y los vestidos, así como el humo de la antorcha. Todos estos elementos se muestran fuertemente agitados por el viento que produce el águila al batir sus alas sobre el titán, creando una imagen vívida del eterno suplicio.

El mito de Prometeo, más allá de la mitología, es un espejo en el que podemos ver nuestra propia lucha entre la aspiración al conocimiento (el fuego) y las limitaciones impuestas por el destino o el poder.

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LA OBRA

Prometeo encadenado
Nicolas Sébastien Adam
1762
Museo: Museo del Louvre