Imagina entrar en el palacio de recreo de unos duques y encontrarte, de frente, con una de las visiones más perturbadoras del arte español. No es una escena de caza ni un paisaje idílico; son tres hombres semidesnudos flotando en un vacío asfixiante mientras devoran a una víctima que parece haber perdido toda esperanza. Esta es la esencia de Vuelo de Brujas, una obra donde Francisco de Goya decidió que el verdadero terror no viene del más allá, sino de la oscuridad que habita en la mente humana.

Pintada entre 1797 y 1798, esta pieza pertenece a una serie que Goya tituló Composiciones sobre asuntos de brujas. Fue un encargo directo para los Duques de Osuna, destinado a decorar su palacio de El Capricho. Lo que resulta fascinante es que Goya, en lugar de ofrecer una decoración amable, entregó una autopsia visual de la superstición. Para el genio aragonés, la brujería no era un fenómeno sobrenatural, sino el síntoma de una sociedad enferma que prefería el mito antes que la razón.

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La Anatomía del Miedo: Los Brujos y sus Capirotes

En el centro de la composición, tres figuras masculinas se elevan en un aire denso y oscuro. Sostienen en alto a una persona cuya anatomía parece desvanecerse, entregada al martirio. Pero el detalle que realmente hiela la sangre son los sombreros que visten estos supuestos brujos: son corozas. Estos capirotes puntiagudos no pertenecen al mundo de la magia, sino al de la Inquisición española.

Eran las prendas de la vergüenza que los reos debían usar en los autos de fe para ser humillados públicamente. Al ponerles estos atributos a los verdugos que vuelan, Goya lanza una acusación demoledora: los verdaderos monstruos que devoran al pueblo son aquellos que utilizan la fe y el castigo como herramientas de control social. El miedo, en manos de las instituciones, se convierte en un depredador que se eleva sobre las cabezas de los ignorantes.

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El Triunfo del Silencio: Los que se Niegan a Ver

Mientras el horror sucede en las alturas, en la parte inferior del cuadro la reacción de los testigos es casi tan aterradora como el vuelo mismo. Goya nos presenta dos tipos de cobardía. Uno de los hombres se tapa los oídos, negándose a escuchar los gritos de la víctima o la verdad de lo que ocurre. El otro se cubre completamente con una manta, avanzando a ciegas hacia ninguna parte.

Este es el retrato del miedo popular. La figura que se cubre hace con sus manos el gesto de la higa, un antiguo amuleto para protegerse del mal de ojo. Goya, un hombre de la Ilustración, se burla sutilmente de esta reacción: mientras los hombres se pierden en gestos supersticiosos y se cierran los sentidos, los verdugos siguen dándose un banquete. El cuadro nos dice que el silencio y la ceguera voluntaria son los mejores aliados de la tiranía.

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El Asno: El Guardián de la Estupidez

En un rincón del lienzo, recortado contra un horizonte desolado, aparece un asno. Para cualquier otro pintor de la época, sería un elemento decorativo de la vida rural. Para Goya, es un símbolo recurrente que representa la ignorancia ciega y la falta de pensamiento crítico. El animal permanece impasible, ajeno al drama que ocurre a pocos metros.

El asno no se mueve porque no comprende, y en esa incomprensión reside la fuerza de los monstruos. Goya utiliza la figura del burro como un recordatorio constante de que la superstición y el fanatismo solo pueden prosperar en terrenos donde no se cultiva la educación. Si el pueblo no despierta, si sigue siendo como ese asno que mira sin ver, los brujos con corozas nunca dejarán de volar.

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Una Estética Onírica y Revolucionaria

Técnicamente, Vuelo de Brujas es una obra maestra del claroscuro. El fondo es un vacío negro, una nada absoluta que hace que las figuras iluminadas parezcan saltar fuera del cuadro. No hay paisaje que nos distraiga, solo la presencia física y casi táctil de la piel de los brujos y el contraste violento de las luces.

Goya rompe con la armonía clásica para crear una atmósfera onírica, un espacio donde las leyes de la física parecen suspendidas por la fuerza del subconsciente colectivo. Es una pintura que no solo se ve, sino que se siente en el estómago. El uso del color es sobrio, casi monocromático en algunas zonas, lo que acentúa la sensación de que estamos presenciando algo prohibido, un secreto oscuro que ha sido desenterrado de las paredes de El Capricho para advertirnos sobre nosotros mismos.

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Reflexión Final: Cuando la Razón se Duerme

Contemplar este cuadro es enfrentarse a un espejo incómodo. Goya nos advirtió que el sueño de la razón produce monstruos, y Vuelo de Brujas es la representación gráfica de ese despertar violento. Los monstruos no son criaturas del averno, son construcciones de nuestro propio miedo, de nuestra falta de información y de nuestra tendencia a taparnos los ojos ante la injusticia.

Hoy, siglos después, los brujos de Goya siguen volando sobre cualquier sociedad que prefiera la comodidad de la superstición antes que el esfuerzo de la verdad. Al final, la pregunta que nos deja el artista es simple pero aterradora: ¿somos nosotros la víctima que vuela, o somos el asno que se queda mirando mientras todo sucede?

 

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LA OBRA

Título: Vuelo de Brujas
Artista: Francisco de Goya y Lucientes
Año: 1797-1798
Técnica: Óleo sobre lienzo
Estilo: Romanticismo / Pintura Onírica
Ubicación: Museo del Prado, Madrid