Entre todas las imágenes inquietantes que Francisco de Goya pintó en el final de su vida, pocas resultan tan perturbadoras como El aquelarre. No hay heroísmo, no hay belleza clásica ni intención decorativa. Hay miedo, superstición y una sensación incómoda: la de estar mirando algo que nunca debió ser visto.

Esta obra forma parte de las llamadas Pinturas Negras, un conjunto que Goya no pintó para el público, ni para un rey, ni para la posteridad. Las pintó para sí mismo, directamente sobre las paredes de su casa. Eso cambia todo. No estamos frente a una obra pensada para gustar, sino frente a una imagen nacida de una necesidad interior.

El aquelarre no busca explicar, tranquilizar ni adornar. Busca mostrar. Y lo que muestra no es agradable.

 

Qué estamos viendo realmente

En El aquelarre aparece una reunión nocturna de figuras deformes, campesinos, ancianos y mujeres, reunidos alrededor de una figura central: un macho cabrío oscuro, símbolo tradicional del demonio en la cultura popular europea.

La escena parece suspendida en un tiempo impreciso. No hay arquitectura reconocible ni paisaje claro. El fondo es oscuro, terroso, casi vacío. Todo ocurre en un espacio mental más que físico. Las figuras no interactúan entre sí de manera natural: parecen congeladas en un estado de expectativa y terror.

Pero es importante aclarar algo clave para entender la obra: Goya no está representando una escena real ni defendiendo la creencia en la brujería. Está haciendo exactamente lo contrario.

El macho cabrío no es una presencia poderosa ni majestuosa. No domina la escena desde la fuerza, sino desde la sugestión. Su tamaño y su posición no lo convierten en un dios, sino en un símbolo. El verdadero protagonista no es el demonio, sino el miedo colectivo.

Las personas que lo rodean no parecen malvadas. No hay éxtasis, ni placer, ni convicción. Hay rostros tensos, miradas vacías, gestos de sumisión. Goya pinta la superstición como un fenómeno social, no como algo sobrenatural.

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El contexto histórico que lo explica todo

España venía de décadas marcadas por la Inquisición, la censura, el fanatismo religioso y el castigo ejemplar. Aunque oficialmente la caza de brujas ya no estaba en su apogeo, el miedo seguía funcionando como herramienta de control.

Durante siglos, la superstición fue utilizada para mantener el orden social. No hacía falta que el demonio existiera realmente. Bastaba con que la gente creyera en él. El miedo era más eficaz que cualquier ejército.

Goya vivió esto de cerca. No como un observador distante, sino como un testigo directo de los mecanismos del poder. Vio juicios, denuncias anónimas, condenas públicas y humillaciones. Vio cómo el miedo se institucionalizaba.

En El aquelarre, ese miedo adopta forma visual. No es un miedo individual, sino colectivo. Un miedo aprendido, heredado y transmitido.

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Una obra contra la superstición, no a favor

Durante mucho tiempo, algunas lecturas superficiales interpretaron esta pintura como una representación literal de rituales satánicos. Esa interpretación ignora por completo el pensamiento crítico de Goya.

Goya fue un ilustrado. Creía en la razón, en el conocimiento y en la necesidad de liberar a la sociedad del miedo irracional. Ya en sus grabados de Los Caprichos había denunciado la superstición, el fanatismo y la ignorancia.

El aquelarre no glorifica la brujería. La expone como una construcción absurda sostenida por el miedo. El macho cabrío no es temible por sí mismo. Es temible porque la gente cree que lo es.

Eso es lo verdaderamente inquietante.

Por qué esta pintura incomoda tanto

No hay una escena clara ni una narrativa tranquilizadora. No sabemos exactamente qué va a pasar ni qué acaba de ocurrir. Las figuras parecen atrapadas en una pesadilla de la que no pueden despertar.

Sus rostros no muestran maldad. Muestran ignorancia, sometimiento y terror. No son villanos. Son víctimas.

Eso es lo que hace que la obra incomode más que cualquier imagen explícita. No estamos viendo monstruos. Estamos viendo personas comunes atrapadas en una idea.

Goya no se burla de ellas, pero tampoco las idealiza. Las muestra como el resultado de un sistema que se alimenta del miedo. Por eso esta obra sigue resultando incómoda hoy. Porque habla de mecanismos que no han desaparecido.

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Las Pinturas Negras y la mente de Goya

Las Pinturas Negras fueron realizadas entre 1819 y 1823 en la Quinta del Sordo, la casa donde Goya pasó sus últimos años en España. Para entonces estaba sordo, enfermo, envejecido y profundamente decepcionado del rumbo político y social del país.

Había visto fracasar las promesas de la razón y el progreso. Había visto cómo la violencia y el fanatismo regresaban con fuerza. Y ya no tenía interés en agradar a nadie.

No firmó estas obras. No las explicó. No las tituló oficialmente. No intentó venderlas.

Eso sugiere algo fundamental: no buscaban aprobación. Eran una forma de descarga emocional, casi un diálogo interno. El aquelarre no pretende enseñar como un tratado moral. Pretende exponer una verdad amarga.

El uso del color y la deformación

En esta obra, la paleta cromática es limitada y oscura. Predominan los negros, los ocres, los marrones y los grises. No hay luz clara. Todo parece cubierto por una sombra permanente.

Las figuras están deformadas, pero no de manera caricaturesca. Sus cuerpos parecen perder proporción, como si el miedo también afectara la forma física.

Goya no busca realismo anatómico. Busca verdad emocional. La deformación no es un error técnico, es una decisión expresiva.

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Curiosidades que suelen pasarse por alto

El tema del aquelarre ya había sido tratado por Goya décadas antes en obras destinadas a tapices y encargos oficiales. Aquellas versiones eran más narrativas, más explicativas y, en cierto modo, más distantes.

La diferencia con esta versión final es radical. Aquí desaparece cualquier tono satírico o didáctico. No hay ironía. Solo queda desolación.

Originalmente, la pintura estaba directamente sobre el muro. Lo que vemos hoy es el resultado de una compleja transferencia a lienzo realizada décadas después, con pérdida de detalles y alteraciones en los colores originales.

Muchas figuras parecen fundirse con el fondo. No hay una línea clara que las separe del entorno. Esto refuerza la idea de que el miedo borra la identidad individual.

El mensaje que sigue vigente

El aquelarre no habla solo de brujas ni del siglo XIX. Habla de cualquier sociedad que renuncia a pensar y entrega su poder al miedo.

Cuando el miedo manda, no hace falta un demonio real. Basta con creer en él.

Goya no pintó monstruos. Pintó personas aterradas mirando a un símbolo vacío. Y en eso, la obra sigue siendo brutalmente actual.

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LA OBRA

El aquelarre
Francisco de Goya
Fecha: 1820-1823
Técnica: óleo sobre muro trasladado a lienzo
Dimensiones: 140 x 438 cm
Estilo: Romanticismo
Serie: Pinturas Negras
Ubicación actual: Museo del Prado, Madrid