En una sala del Museo Metropolitano de Arte hay un hombre desnudo, sentado sobre una roca, que se muerde los dedos. A su alrededor, cuatro muchachos se aferran a su cuerpo y le suplican algo que ningún padre debería escuchar. Él no los mira. Mira hacia otra parte, hacia un punto que solo existe en su cabeza, mientras decide si el hambre puede más que el amor. La escena viene de una torre de Pisa, de un siglo de traiciones y de uno de los cantos más oscuros que se hayan escrito.
El conde que lo tenía todo
Ugolino della Gherardesca fue uno de los hombres más poderosos de la Pisa del siglo XIII, una ciudad de mercaderes y marinos que disputaba a Génova el dominio del Mediterráneo. Era conde, heredero de una familia antigua, y durante años movió los hilos de la política pisana cambiando de bando cada vez que le convenía. Pisa vivía desgarrada entre güelfos y gibelinos, las dos facciones que dividían media Italia, y Ugolino, nacido en el segundo bando, supo acercarse al primero cuando le resultó útil.
En 1284 la flota pisana fue destrozada por la genovesa en la batalla de la Meloria. Fue una derrota tan brutal que marcó el comienzo del declive de Pisa como potencia marítima. Ugolino, que mandaba parte de la flota, fue acusado de haberse retirado del combate y de haber traicionado a su ciudad. Dante lo acusaría además de haber entregado castillos pisanos a las ciudades enemigas. Aun así, el conde sobrevivió políticamente, y hacia 1288 ejercía el gobierno de Pisa casi a su antojo.

Fue entonces cuando cometió su error más grave: confiar en un hombre de Iglesia. El arzobispo Ruggieri degli Ubaldini se presentó como su aliado. Pero la ciudad estaba harta, y Ruggieri, que sabía leer el humor del pueblo, lo volvió en contra del conde. En julio de 1288 una multitud se levantó, Ugolino fue arrestado y la puerta de su vida se cerró de golpe. Él mismo contaría después, en el infierno de Dante, que se fió de Ruggieri y que ese fue el principio de todo.
La torre del hambre
Ugolino no cayó solo. Con él fueron encerrados dos de sus hijos, Gaddo y Uguccione, y dos de sus nietos, Anselmuccio y Nino, al que llamaban el Brigata. Los metieron en una torre de Pisa, la de los Gualandi, que desde entonces la memoria popular rebautizaría como la Torre del Hambre.
Hay un detalle que conviene tener presente. La historia habla de dos hijos y dos nietos. Dante, en cambio, los llama a todos hijos y los hace jóvenes e inocentes, casi niños. Carpeaux, siglos después, siguió a Dante, y por eso en el mármol hay cuatro muchachos y no dos hijos y dos nietos.
Lo que ocurrió dentro lo conocemos porque Dante se lo hace contar al propio Ugolino, en el canto 33 del Infierno. Es un relato en primera persona, lento y escalofriante, que empieza con un sueño.

Una noche, antes del amanecer, Ugolino soñó con un lobo y sus lobeznos que huían por una montaña. Los perseguían perras flacas, adiestradas y ansiosas, guiadas por un cazador que era, en el sueño, el arzobispo Ruggieri. Tras una corta carrera, los colmillos afilados desgarraban los flancos del lobo y de sus crías. Ugolino despertó antes del alba y oyó a sus hijos llorar entre sueños. Pedían pan.
Entonces oyó algo más. Abajo, en la base de la torre, alguien cerraba la puerta. Ya no volverían a abrirla. Ugolino miró a sus hijos sin pronunciar una palabra. Era la hora en que solían traerles la comida, y la comida no llegó.
Pasó el día entero y pasó la noche, y nadie volvió a abrir. Cuando por fin un rayo de luz se coló en la celda, Ugolino vio en los cuatro rostros el reflejo del suyo, y se mordió las dos manos de pura angustia. Los muchachos lo vieron, y creyeron que lo hacía por hambre. Se levantaron de golpe y le dijeron, en palabras que Dante dejó escritas para siempre: «Padre, sufriremos mucho menos si comes de nosotros. Tú nos vestiste con esta pobre carne, y ahora tú puedes quitárnosla».

Esa es la escena que Carpeaux esculpió. Un padre que se muerde los dedos, y unos hijos que se ofrecen como alimento.
Ugolino se calmó para no entristecerlos más. Durante ese día y el siguiente, todos callaron. Al cuarto día, Gaddo, uno de sus hijos, se arrojó a sus pies con los brazos extendidos y le dijo: «Padre mío, ¿por qué no me ayudas?». Murió allí mismo, a sus pies.
Los demás cayeron uno tras otro, entre el quinto día y el sexto. Ugolino los vio caer a los tres, uno por uno. Ya ciego, se arrastró a tientas sobre cada uno de los cuerpos. Durante dos días llamó a sus hijos muertos, con la esperanza absurda de que alguno respondiera. Ninguno lo hizo.
Y luego viene el verso que ha desvelado a lectores durante siete siglos: «Después, más que el dolor, pudo el ayuno». Dante no aclara qué quiso decir. Puede significar que el hambre acabó con Ugolino, que murió de inanición después de sus hijos. Puede significar algo mucho peor: que la necesidad terminó venciendo al dolor y que el padre hizo lo que los muchachos le habían ofrecido. La pregunta nunca tuvo respuesta. No existe ninguna prueba histórica de que ocurriera, y Dante, con maestría cruel, la dejó abierta.

¿Qué hizo Ugolino para merecer este castigo?
Para Dante, Ugolino no era un simple mártir. Era un traidor, y los traidores a su patria ocupaban un lugar muy particular en el infierno: Antenora, la segunda zona del noveno círculo, un lago de hielo donde los condenados están clavados hasta el cuello, helándose para siempre.
Cuando Dante lo encuentra allí, Ugolino no está solo. Comparte el mismo agujero en el hielo con otro condenado, y lo está devorando por la nuca, como quien roe un hueso. Levanta la boca de ese «fiero banquete», se limpia los labios en el cabello de la cabeza que mastica, y le cuenta su historia al visitante. El otro condenado es Ruggieri, el arzobispo que lo encerró.
La escena tiene una crueldad perfecta. El hombre que, en la torre, quizás no se atrevió a comer a sus hijos, pasa la eternidad royendo el cráneo del hombre que lo condenó a ese hambre. Y sin embargo, Dante hace algo desconcertante: condena a Ugolino por traidor, pero le da la palabra para que cuente su dolor. Al final del relato, el poeta estalla contra Pisa: «Ay, Pisa, vergüenza de los pueblos». Pide que las islas de Capraia y Gorgona se muevan y tapen la desembocadura del Arno, para que el río ahogue a todos sus habitantes. Aunque Ugolino fuera culpable de traición, dice, no debían haber crucificado así a sus hijos, inocentes por su corta edad.
El escultor que lo llevó al mármol
Casi seis siglos después, un joven escultor francés quedó atrapado por esa historia. Jean-Baptiste Carpeaux, nacido en Valenciennes en 1827, ganó el Premio de Roma en 1854 y se instaló en Italia, donde el contacto con la obra de Miguel Ángel lo marcó para siempre. Allí, hacia 1858, tuvo la idea de esculpir a Ugolino y sus hijos.
Su vida fue difícil, con problemas de salud y de ánimo, y quizás por eso supo entender mejor que otros el dolor que quería esculpir. Empezó con un modelo en yeso, que completó en 1861 y que hoy se conserva en el Petit Palais de París. En 1862 hizo una versión en bronce, que está en el Musée d'Orsay. Y finalmente talló la versión en mármol, la más imponente de todas, que hoy se encuentra en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York.

Cinco cuerpos y un solo instante
Carpeaux no eligió el momento de la muerte ni el de la tortura. Eligió el instante más difícil: el que ocurre justo antes de que el padre decida. Ugolino aparece sentado, inclinado hacia adelante, con los pies uno encima del otro. Se muerde los dedos y se tira del labio hacia abajo con ellos. Sostiene la cabeza en la palma de la mano. Su mirada se pierde a lo lejos, desesperada, como si estuviera contemplando las consecuencias de sus pecados. Es un cuerpo musculoso, a pesar de que se muere de hambre. Y aun así, el escultor logra que se vea el sufrimiento en la curva de la columna y en los dedos de los pies, retorcidos por la agonía.
A su alrededor, los cuatro hijos están en distintos estados de sufrimiento, y todos le ruegan lo mismo. El mayor parece el más enérgico, y hunde los dedos en la carne de la pierna de su padre para enfatizar la súplica. El segundo de la derecha también lo sostiene con ambas manos. El segundo más joven, a la izquierda, se sienta encima de su hermano mayor y ya perdió casi toda la energía que le quedaba, con el brazo izquierdo sobre la pierna del padre. Y abajo, a la derecha, está el menor, el único con una expresión pacífica. Y esa paz es la peor de todas, porque parece que ya está muerto.
Lo más difícil de hacer en una escultura es contar una historia, y Carpeaux lo logra. Esculpió la piel, los músculos y las venas con un realismo extremo, y expresó emociones muy distintas en cada uno de los cuerpos. Cuanto más se miran los detalles, más vivos parecen. Y mientras los hijos se aferran a él, Ugolino los ignora. Está en otro lugar, dentro de su propia cabeza, enfrentado a una pregunta que el mármol no responde.
Un dato curioso: en el Metropolitano, la escultura se encuentra muy cerca de la entrada del Petrie Court Café. Es una ironía que una obra sobre el hambre esté tan cerca de un café. Y cerca de allí hay otra obra marcada por el hambre: Los burgueses de Calais, de Rodin, el grupo de bronce que muestra a seis notables de la ciudad de Calais que se entregaron con una soga al cuello para salvar a su ciudad, sitiada y hambrienta.
LA OBRA
Ugolino y sus hijos
Jean-Baptiste Carpeaux
1860
Escultura en mármol
Museo Metropolitano de Arte, Nueva York.

