Hay algo que cambia cuando conocemos la historia detrás de los girasoles de Vincent van Gogh. Dejan de ser simplemente flores. Dejan de ser ese amarillo intenso que reconocemos inmediatamente como suyo.

Porque durante aquellos días de agosto de 1888, mientras Vincent pintaba en Arlés, los girasoles estaban relacionados con algo mucho más grande: una casa, un amigo que todavía no había llegado y el sueño de convertir aquel lugar en un refugio para artistas. Y todo esto quedó escrito en sus cartas.

Una casa amarilla en Arlés

Vincent había llegado a Arlés buscando luz, color y una manera diferente de trabajar. Allí alquiló varias habitaciones de una casa que pronto sería conocida como la Casa Amarilla.

Pero Vincent no quería simplemente tener un lugar donde vivir. Quería compartirlo. Desde hacía tiempo imaginaba una especie de comunidad de artistas. Un lugar donde los pintores pudieran vivir y trabajar juntos, lejos de la soledad que él consideraba tan perjudicial para ellos.

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Y había alguien a quien quería especialmente allí. Paul Gauguin.

Van Gogh llevaba tiempo insistiendo para que Gauguin viajara al sur de Francia. Theo, que era hermano de Vincent y también marchante de arte, ayudaría económicamente para hacerlo posible.

Mientras esperaba, Vincent comenzó a preparar la casa. Y eligió los girasoles. No por casualidad.

Quería decorar las habitaciones con una serie de cuadros que formaran un conjunto. Imaginaba grandes ramos amarillos sobre fondos azules, con marcos estrechos pintados de naranja.

En una carta a Émile Bernard, escrita alrededor del 21 de agosto de 1888, Vincent habló de su idea de decorar su estudio con media docena de cuadros de girasoles. Los imaginaba como una especie de vidrieras. Amarillos intensos, amarillos rotos, diferentes tonos de azul.

La comparación es reveladora: Vincent no estaba pensando en un cuadro aislado. Estaba pensando en un ambiente entero. Quería que el color ocupara el espacio.

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Y entonces los girasoles empezaron a crecer

La parte más hermosa de esta historia aparece en las cartas que Vincent escribió a Theo. Vincent le contó que estaba trabajando simultáneamente en tres cuadros de girasoles. El primero tenía tres grandes flores en un jarrón verde, sobre un fondo claro.

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El segundo mostraba tres flores, otra ya marchita y un capullo, sobre un fondo azul ultramar.

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Y el tercero era mucho más ambicioso: doce flores y capullos en un jarrón amarillo.

Pero Vincent todavía no había terminado. En aquella misma carta le dijo a Theo que probablemente no se detendría allí. Quería hacer una decoración para el estudio que compartiría con Gauguin.

“Nada más que grandes girasoles”, escribió. Y calculaba que, si llevaba adelante el proyecto, habría alrededor de una docena de paneles. La idea era que todo el conjunto se convirtiera en una especie de sinfonía de azul y amarillo.

Hay algo casi cinematográfico en esa carta. Vincent está trabajando desde el amanecer porque las flores se marchitan rápidamente y necesita pintar todo el conjunto de una vez. Mientras Theo está en París, Vincent está en Arlés rodeado de flores que pierden su frescura cada hora.

Y pinta.

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El cuarto cuadro

Dos días después, Vincent volvió a escribirle a Theo. Ya estaba trabajando en el cuarto cuadro de la serie. Esta vez eran catorce flores sobre un fondo amarillo. Era una composición mucho más grande y, según Vincent, producía un efecto completamente diferente.

Ya no estaba simplemente describiendo flores. Estaba buscando una manera de pintar con mayor sencillez, utilizando la pincelada para construir las formas sin recurrir a efectos innecesarios.

Pero hay algo que importa todavía más. En esa misma carta, mientras habla del cuarto ramo, Vincent vuelve a hablar de los colores. Uno de los cuadros de girasoles tenía un fondo azul real y alrededor de los objetos aparecía una especie de halo producido por el contraste con el color complementario.

Todo estaba pensado para que los girasoles no fueran simplemente amarillos. Tenían que saltar desde la superficie. Tenían que llenar la habitación.

Y Vincent estaba completamente metido en el proyecto.

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“Como un marsellés comiendo bouillabaisse”

Hay una frase de Vincent que permite imaginar perfectamente el estado en el que estaba trabajando. Le escribió a Theo que pintaba con el entusiasmo de un marsellés comiendo bouillabaisse.

No es la frase de un hombre que está haciendo un ejercicio tranquilo de naturaleza muerta. Es la de alguien que está disfrutando profundamente de lo que está haciendo.

Los girasoles exigían velocidad porque se marchitaban. Pero también exigían concentración. Vincent quería aprovechar esa energía antes de que desapareciera. Y mientras las flores se marchitaban en el jarrón, él intentaba fijarlas para siempre sobre el lienzo.

Quizá por eso resulta tan extraño contemplar hoy esos cuadros. Sabemos que estamos viendo flores que fueron arrancadas, colocadas en un jarrón y pintadas rápidamente. Pero en las pinturas parecen casi eternas.

Los pétalos secos, los tallos torcidos, las flores abiertas y las que ya empiezan a perder su vida quedaron convertidos en color.

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Los girasoles eran para Gauguin

Vincent no estaba haciendo todo esto solamente para él. Quería que Gauguin se sintiera bien en la Casa Amarilla. Las pinturas iban a formar parte de la decoración del lugar donde vivirían y trabajarían.

Vincent incluso recordaba un gran girasol que había visto en una decoración floral en un restaurante de París. Aquella imagen había quedado en su memoria. Ahora quería hacer algo parecido, pero a su manera. Mucho más grande. Mucho más intenso. Mucho más amarillo.

Cuando Gauguin finalmente llegó a Arlés, a finales de octubre de 1888, encontró una casa que Vincent había preparado pensando en él.

El proyecto de aquella comunidad artística no duraría mucho. Los dos hombres tenían personalidades y maneras de entender el arte muy diferentes. Trabajaron juntos durante un tiempo, pero las discusiones fueron aumentando hasta que Gauguin terminó marchándose.

El sueño de Vincent de convertir la Casa Amarilla en una comunidad de artistas terminó siendo mucho más breve de lo que había imaginado. Pero los girasoles quedaron.

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El cuadro que terminó convirtiéndose en un símbolo

Van Gogh volvió a pintar girasoles después de aquella primera serie. En enero de 1889 realizó nuevas versiones, entre ellas la que hoy conserva el Van Gogh Museum de Ámsterdam.

Para entonces los girasoles ya no eran simplemente parte de la decoración que había imaginado para recibir a Gauguin. Se habían convertido en una de las imágenes más reconocibles de su pintura. Y Gauguin había quedado impresionado por ellos.

La serie terminó ocupando un lugar especial dentro de la identidad artística de Vincent. El propio Van Gogh Museum señala que, en 1889, Vincent retomó el motivo y que las versiones de los girasoles terminaron convirtiéndose en auténticos iconos del arte moderno.

Pero quizá lo más interesante sea volver al principio. A aquel momento en agosto de 1888 en que Vincent todavía estaba preparando la casa. Todavía esperaba a Gauguin. Todavía pensaba que podían vivir y trabajar juntos. Y todavía tenía delante un ramo de flores que se marchitaba demasiado rápido.

Primero fueron tres. Después otro pequeño grupo. Después doce flores y capullos. Y finalmente catorce flores ocupando un gran jarrón sobre un fondo amarillo. El ramo crecía mientras Vincent construía su sueño.

Por eso los girasoles de Van Gogh pueden mirarse de otra manera. No son solamente una celebración del amarillo. No son solamente una de las imágenes más famosas de la historia del arte.

Son el rastro de un momento en el que Vincent creyó que podía construir un lugar para compartir el arte con otro pintor. Una casa amarilla. Una habitación llena de luz. Gauguin llegando desde el norte. Y las paredes cubiertas de flores.

Durante un breve instante, todo aquello parecía posible. Vincent lo pintó de amarillo.

LAS OBRAS

Jarrón con tres girasoles, 1888
Jarrón con tres girasoles, una flor marchita y un capullo, 1888
Jarrón con doce girasoles, 1888
Jarrón con catorce girasoles, 1888
La Casa Amarilla, 1888
La silla de Gauguin, 1888
La habitación de Vincent en Arlés, 1888
Van Gogh pintando girasoles - Paul Gauguin. 1888
Dos girasoles cortados, 1887