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En la ladera de un frondoso bosque, entre los susurros de las hojas y el eco de los animales salvajes, se erguía un majestuoso muro de piedra tallada. Este muro no era un simple límite de territorio, ni una estructura común de defensa. Se trataba del Muro de Artemisa, la diosa de la caza, y estaba cargado de misterios, leyendas y un poder que trascendía lo mortal. Muchos siglos antes, cuando los dioses y las diosas caminaban entre los mortales, el Muro de Artemisa fue levantado por las mismas manos divinas. Artemisa, hermana gemela de Apolo y protectora de los bosques y los animales, sintió la necesidad de crear un lugar sagrado que resguardara a sus criaturas favoritas, aquellas que caminaban, corrían y volaban bajo la bóveda celeste. El muro fue su obra maestra, un santuario de piedra viva que se alzaba en la frontera entre el mundo salvaje y el civilizado.
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